Yo
que había prometido
a cada uno de los cuatro vientos
no volver a encender una hoguera vikinga
en honor a tu sonrisa
ni a tomar prestado de la luna
los hilos de plata que aparecen el día siete
en su alisada cabellera creciente
yo que había jurado
con la mano temblorosa
sobre la roca tambaleante
que sostiene Atlas desde tiempos ancestrales
que no volvería a decir tu nombre
antes de dormir como si fuera mi plegaria,
pero cada noche a las once
recito una a una con una sonrisa
las siete letras de tu nombre
como si conjuraran el universo que nos envuelve
los mares bañando uno a uno los días de la semana,
las notas musicales montadas en cada color del arcoíris,
las maravillas del mundo que poseen cada enano de
Blancanieves
y por si fuera poco besar tus labios
tiene el sabor de cada pecado,
yo que había decidido
quedarme simplemente callado
cogí la botella de vino que dejamos aquella noche
y he terminado la mitad faltante
a grandes sorbos hasta atragantarme,
porque no puedo engañarme yo ni a mi poesía
ni a este pequeño musculo rojo
que de tanto desgarro le falta poco
para pedir jubilación anticipada,
por eso vengo a escribirte estas líneas
descompasadas y extrañas
como el amor que me acompaña,
bien podría jurar cosas en mi contra
y por un milenio ser maldito por infame
por levantar mi mano derecha en forma solemne
mientras con la izquierda muestro mi dedo medio
a esa misma promesa,
porque en fin ya perdí la cabeza
bien podría ganarme el infierno
por buscar una forma
terca y obstinada
de ganarme tus besos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario